Parto respetado


“Todos nos merecemos ser recibidos con amor”. Leo en un titular de facebook de una página amiga: Parto en casa en Galicia, unas fantásticas matronas gallegas que acompañan nacimientos en casa.
Y la frase me hace reflexionar, ¿es importante cómo llegamos a este mundo? Claramente influye en las primeras horas de vida del bebé, también de la mamá; pero, si tiramos del hilo… ¿hasta dónde llega?

Pondré de ejemplo mis partos, ambos bebés han nacido en mi casa, acompañados de las personas que yo elegí: las personas que más amo en el mundo (mi pareja, y mi hijo mayor en el nacimiento de su hermanito), y las personas que en ese momento me daban tranquilidad (el profesional que me asistió el parto fue un ginecólogo con mi primer bebé y una matrona con el segundo; y una gran amiga a la que mis hijos adoran para atender a mi niño mayor mientras nacía su hermano).
Mis niños decidieron cuándo nacer (ambos en la semana 39), y cómo hacerlo (no hubo nada externo que les metiera prisa, ninguna medicación que les afectara, sólo mi cuerpo y el suyo que supieron cómo hacer el trabajo de parto de la mejor manera para ambos). Fueron recibidos desde el primer segundo por sus padres, nadie les separó de mi, tuvieron el contacto y el pecho que necesitaron, que necesité yo también. Apenas lloraron, y cuando lo hicieron se calmaron con el contacto o con el pecho.
Puedo imaginarme cómo mis partos podrían haber sido totalmente distintos si hubiera estado en un entorno que no nos respetara: quizá hubieran cohibido mis movimientos, pues durante las contracciones mi cuerpo de manera casi involuntaria se retorcía y obviamente esos movimientos no serían compatibles con una máquina que emitiera un molesto pitido cada vez que no fuera capaz de detectar la frecuencia cardíaca del bebé.
Probablemente me hubieran instado a no gritar, lo cual unido a la inmovilidad hubiera desencadenado en un dolor insoportable. Entonces me habrían animado a utilizar anestesia.
Aunque creo que no la hubiera utilizado ni siquiera en esas condiciones, para cuando mi bebé estuviera preparado para nacer estaría agotada, agotada de luchar contra la inmovilidad, contra el dolor, contra la sumisión.
Y aún me esperaría lo más difícil: tumbarme sobre mi espalda, con las piernas abiertas y quietita, oyendo cómo alguien que no está sintiendo lo que yo trata de imponerme cuándo empujar y cuándo no…
 ¿Cómo se puede soportar eso en el momento en que tu cuerpo está viviendo las sensaciones más intensas que nunca has podido imaginar?
¿Cómo, cuando lo único que quieres es incorporarte, y dejarte llevar por los pujos?
¿Cómo, cuando necesitas sacar toda esa fuerza que sientes y de tu garganta simplemente salen sonidos que se escapan a tu control?
¿Y si cuando por fin llega el momento del placer, del éxtasis que supone abrazar a tu bebé, tocarlo, impregnados ambos el uno del otro viene alguien y se lo lleva? No quiero ni intentar escribir lo que sentiría, por suerte no he tenido que vivirlo.
Hasta aquí mis sentimientos, los de madre, en un parto no respetado. Me cuesta pensar en el bebé. Un bebé que durante el parto está fusionado con su madre, que siente como propio lo que su madre siente (todas las hormonas fluyen al bebé), y que en el momento final, cuando por fin sentirá el pico de oxitocina (que es la hormona del amor, la que nos hace crear el vínculo, la unión mágica entre madre e hijo) llega alguien a robarle ese momento.
Un bebé que llorará porque sufre, que en lugar de oxitocina, en lugar del calor de su madre, en lugar de calostro, tiene adrenalina (la hormona del miedo), tiene soledad, manos de látex que lo exploran en lugar de caricias de amor.
¿Hasta dónde quedan impregnados en su ser esos primeros instantes?
¿Hasta dónde llega la herida de una madre obligada a anular todos sus instintos?
Luchar por tu parto es luchar por el amor, el amor que necesitan todos los bebés para llegar al mundo, el amor que necesitan todas las madres para recibir a sus hijos.
Y acabo con la tan famosa frase del obstetra Michel Odent:
“Para cambiar el mundo debemos cambiar primero la forma de nacer”.

 

EL PRIMER PASO HACIA UNA MATERNIDAD CONSCIENTE

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